Lunes por la mañana. Como ya es habitual, Juan Carlos trabaja en la pieza. Esta vez le toca remasillar las placas de yeso. Ya no está el ayudante Benito, el laburo no rinde lo que rendía al principio. Pone alguna radio con programas de chimentos, solamente para quejarse de las estupideces de las que se habla hoy en día. A medio cambiar, de pantalón de vestir y pantuflas, voy preparando el mate en la cocina mientras se calienta el agua. Sigo buscando los pasantes de la cama de madera con la vista sin éxito. No tengo idea en qué lugar de mi desorden o de la obra descansan.
Suenan historias sobre levantes pasados a medida que voy cebando. Escucho ‘’Esta mina Silvia, me la envidiaban todos en Barracas’’ y un sorbo largo al mate. Pienso que hoy no tengo ganas de ser psicólogo. Sigo escuchando ‘’6 años estuve, pero me rompieron las bolas los viejos de ella’’. Es llamativo como me pasa lo mismo en este momento: le dije al denso de mi suegro que ya tenía la cama armada para sacármelo de encima hace unos días. La cama sigue sin armarse y sospecho que viene a verificarlo cualquier día de estos. ‘’Es como te pasa a vos…este viejo podría ser más vivo en lugar de hinchar tanto’’, vuelve el mate a mis manos.
¿Casualidad o causalidad? Juan Carlos, el albañil polifuncional, recibe llamada al celular. Veo su cara transfigurarse, mutar de alegre a seria. ‘’¿Así que venís?’’ ‘’Pero no me rompas, mirá que estoy sin tiempo’’, dice me guiña el ojo. Me agarro la cabeza: sabía que iba a venir, pero esperaba que todavía no lo hiciera. Dejo la pieza mientras siguen hablando. Tengo que resolver el dilema de la cama. Se me ocurre algo, pero espero a que corte Juan Carlos para convencerlo.
Si yo estoy contrariado por la visita cuasi invasiva de mi suegro ‘’para ver cómo va la cosa’’, la cara de bronca del albañil no tiene desperdicio. ‘’Ahora me va a hacer perder todo el día hablándome del barrio y buscando detalles’’. No pude evitar reírme, pensaba ‘’a vos también te puede pasar, ¿viste?’’. Lo llamo para la pieza. Le digo ‘’lo primero que va a mirar es la cama hecha, necesito que me ayudes a armarla’’. Me dice ‘’pero faltan los tornillos, aparte ni la va mirar’’. Retruco ‘’vos lo conocerás hace 60 años, pero seguime en esta’’. Trajo el martillo y empezamos a encastrar las maderas y afirmar la estructura golpeando en las puntas.
La cama está lista, pero sólo de base. Me ve tomar las frazadas y quiere pararme: ‘’¿Qué vas a hacer? No te va a aguantar el peso’’. Le digo que me deje seguir, que espere a ver la obra terminada. Vuelvo en el tiempo mientras sigo acomodando. Recuerdo a mi tía Susana, una solterona de la misma edad de mi suegro. Es una de esas mujeres caracterizadas por esta virtud (si se le puede llamar virtud): viene a tu casa a pasar el dedo índice sobre el lugar exacto que no limpiaste para recriminar al dueño de casa. Si habremos corrido ante cada visita suya con mi mamá cuando yo era chico. Meter la ropa a presión en los armarios, limpiar con las 2 manos a toda velocidad, esconder las cosas a las apuradas para no recordar donde quedaban después.
A los pocos minutos termino la obra maestra desparramando sobre la cama armada ovillos de lana, carteras para dar, moldes de ropa y cosas ajenas a un hombre de más de 80. Cada cosa agregada al collage, con la frazada como lienzo, forma una obra maestra de la manipulación. Si mira desde afuera, la cama está armada. Si se le ocurre entrar al dormitorio y mirarla de cerca, también lo está. Pero ya no pensará en sentarse, porque no le dejé rincón para hacerlo.
Juan Carlos sigue pensando que nadie va a mirar la cama. Me cambio, saludo al albañil y salgo. Ya no quiero escuchar anécdotas de Barracas ni tengo ganas de verlo a mi suegro en casa. Tengo curiosidad durante todo el día, desconozco si el truco salió bien. No creo que haya salido mal, no hay nadie reclamando.
Es de noche y lo llamo al albañil. Veo que la cama sigue en su lugar. Me dice ‘’tenías razón pibe, la cama es lo primero que miró. Se paró en el umbral de la pieza y no entró porque vio que tenía cosas encima’’ ‘’Habló muy bien de vos por haber armado la cama, está re copado con vos tu suegro’’. Le contesto con una broma, le muestro que le creo a medias a mi suegro y se ríe conmigo. Salí del paso, pero pienso que sigo teniendo que buscar los tornillos. Mientras, el colchón cae al piso y voy desarmando la cama.
De Roma sólo el anagrama
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