Remonto las escaleras del subte hacia la superficie de la estación Scalabrini Ortiz. Son las 7.45 y ya levantó viento. Escala previa en lo de mi novia, antes de pasar por las oficinas anexas del Tribunal de Justicia Suegral. Citación de hoy: cumpleaños de la tía.
Ayer me había escapado como laucha por tirante de una cena en lo de mis suegros, estaba obligado a dormir fuera de casa por refacciones, tenía despeje en Pompeya y no me lo había querido perder por nada, especialmente por el clima espeso. Saludo a mi novia. Veo en ella los mismos signos que había visto ayer, en menor escala: su famoso ''resfrío psicológico'', su mirada autista propia de haberse peleado, su asombrosa cantidad de palabras por minuto (¡menos de 10!) ... dichas muuuuy despacio.
Dejo el bolso (grave error si necesitara escaparme de nuevo), me lavo la cara para disimular lo dormido y desganado que estoy y salimos. Las dos cuadras hasta el departamento de la tía son monótonas. Trato de charlar, de que mi novia largue entripados, pero la conversación no se anima, como si nunca se encendiera el piloto automático. Llegamos y nos abre la tía, con una cara más digna de un velorio que de un cumpleaños. Saludo alegre por su cumpleaños a la tía, mi novia pasa de largo con un ''hola'' murmurado, que se pierde varios decibeles abajo de unas bocinas. Sigue espesándose el merengue.
Desde el pasillo se escucha el tono seco de mi suegra cuchicheando. Entramos. La mesa tiene unos sandwiches de miga, y sobre las sillas mis suegros. Otra mala señal: cuando mis suegros sirven la comida desde temprano suelen buscar ablandar a alguien y pegarle el mazazo cuando hace la digestión y no está con todos sus reflejos. Hay una vecina de visita, habla hasta por los codos, pero yo estoy muy cansado como para disponer de neuronas suficientes a las que les interese siquiera parar la oreja ante los chimentos.
Se va la vecina y la mesa toma su disposición examinadora: los 3 mayores de un lado, mi novia y yo del otro, simulando un estrado. Mi novia sigue autista y apenas ataca los sandwiches, más de lo mismo. Empezamos hablando de enfermedades, de la millonésima vez que la tía predice que se va a morir (este es mi ''último cumpleaños'' dijo hace 5 años cuando la conocí), de unos lunares que se tiene que operar mi suegro, todas cuestiones ligadas al ablande por inspiración de lástima. Creo que animaría el bloque poniendo al Chavo volviendo a su barril, o a Dumbo gimiendo con su madre elefanta enjaulada.
La conversación, deviene en reclamos de consorcio y, subrepticiamente, a mi departamento, objeto de remodelación y último bastión de la ''ayuda'' de mis suegros. Digo ayuda porque, aunque se pinte de otra forma, lo siento como una invasión, como una imposición de hacer las cosas según mi suegro, quien ya hace tiempo se ampara en el ''yo no te impongo'' para después decir una sarta de cosas que traten de despistar, concluyendo abiertamente con un mandato a hacer tal o cual cosa como a él le gusta.
Llegan las empanadas y la tía no puede contenerse. ''Antes no te portabas así'' le lanza a mi novia, herida por el saludo frío de la puerta. ''Ya no sos la chica cálida, cariñosa..'' En el fondo sigue pensando que tiene 9 y no 29 años. Hace tiempo que conozco por situaciones personales a familiares muy mayores que se creen con derecho a hacer y decir lo que se les venga en gana, como ella, teniendo encima la osadía de enojarse si uno le señala de manera cortés que no está en lo correcto. La frase que está diciendo se corta porque nadie le sigue el juego, pero el haberse lanzado de esa forma hace que la bestia muestre los colmillos
Acto seguido hace aparición la torta, sin velas, porque la tía señala que es su último cumpleaños y, por lo tanto, ya no le queda nada por desear. Creo que ni un actuario con 30 años de trayectoria podría establecer semejante predicción. Una vez servida empieza el soliloquio: mi suegra, sin un motivo previo en la fiesta declama en verborragia pura sobre la nena (mi novia) que contesta mal. Insiste una y otra vez sobre mi rol a la hora de contener, como si no fuera su madre, y los demás presentes no conocieran la situación.
En un principio no contesto, conozco el juego. Mi suegra levanta temperatura y trata de arrasar, cualquier interrupción se transforma en insolencia porque no la estaría dejando terminar de hablar. Encadena las palabras (unas 200 por minuto) a velocidad y con indignación. Si embargo, si algún compinche se mete no es interrupción y ese es mi pie de entrada. A los pocos minutos mi suegro trata de despacharse sobre el rol de la experiencia con su cd ''no te impongo'' y lo paro en seco. Empiezo a aludir a que nadie es perfecto, a que la experiencia es intransmisible (''aunque ud. sepa mucho hay cosas que uno las tiene que aprender por prueba y error'') y a que uno aprende equivocándose. Remato indicando que muchas cosas de mi mamá las aprendí y entendí después que ella murió. La muerte siempre genera silencio respetuoso: mi suegro ya no se vuelve a meter en el tema.
Vuelve a tomar la posta mi suegra, en actitud casi pendenciera. Es hora de bajar el tema central. Mi novia amaga una respuesta, pero siente que no va a conseguir nada y que va a contestar muy mal. Se calla y vuelve a su pose autista. Le digo que hay nervios en el ambiente, que uno no se casa todos los días, que la contención también se trata de que ellos no magnifiquen las cosas que pasan. La tía trata de desacreditarme diciendo que ''no se magnifica'' pero nadie sigue su idea. Ella insiste con que el proceder de ella no es correcto, pero también insiste en trasladarme a mí un tema que le corresponde a ella. Al menos se baja del pedestal y reconoce ''que pudieron haberse equivocado y haberla sobreprotegido''. Desconozco ya si es genuino o trata de usar mis argumentos, pero me da pie a retomarlos y forzar a que cambie de tema.
El cambio de tema es otro clásico de mi suegra: digamos que es su último recurso. Cuando ve que no puede avasallar al otro con la fuerza de su argumento y elocución y que el empuje inicial de indignación cede porque el oponente no se desboca y habla con coherencia, entonces intenta dar un rodeo para reagrupar ideas o tomar al otro de sorpresa. En este caso los slogans son ''ojalá tengan hijos que los sepan comprender'' y ''la juventud perdida de hoy que to''. El primero se desestima cuando habla de padres abandonados en geriátricos, cargoseando una vez más sobre la apelación a la piedad y la lástima. El segundo es digno de que saque un walkman y me lo ponga o de dejarla a ella en modo mute. Estructuras gramaticales sin terminar, alusión a hechos que nunca ocurrieron, un cambalache que se sabotea a sí mismo. En ese momento me pongo autista, haciendo una pareja divina con mi novia.
Una vez terminado el cambio, vuelven los restos del tema original a presentar batalla. Antes de eso, me había tomado 2 minutos para desenredar el ovillo de frases de los últimos minutos y rebatirlos punto por punto: ''somos jóvenes estudiantes, laburantes, medianamente responsables y no esa juventud de la que habla'', ''la rectora del Nacional no fue echada por sus alumnos sino por gente mucho más grande en edad''. etc. Dicho esto, no queda intento de batalla y mi suegra ensaya un cierre decoroso, el cual no escucho y al que no contesto, sumido en autismo otra vez.
Con la discusión casi cerrada, mi suegra se sorprendió de que no contestara. Me preguntó si me pasaba algo (tal era mi autismo y su falta de importancia sobre lo que puede sentir el que está enfrente), a lo que respondí seco y sin cambiar de tono ''sí, me parece desubicada semejante perorata en un día que tenía que ser festivo''. Silencio seguido de un tono cordial, muy diferente al de toda la charla, invitando a cerrar la fiesta ''porque los chicos mañana laburan''. Justo ahora se acuerdan, ¿no?
Me sueno en el cuello, en la espalda, tronando todos los huesos que puedo, para mostrar la tensión que genera el Tribunal Suegral tratando así a los demás. Voy a buscar la ropa con la intención de irme. Pretenden enmendar parte de lo hecho ofreciéndome las empanadas que sobran, alguna porción de torta, algún sandwich, migajas que consideran el ''tratamiento correcto'' a un hijo, como soy conceptuado allá. Si mi vieja los viera, tendrían que esconderse en el ventanal del obelisco por semejante atrevimiento. Los saludo rápido y salgo de lo de la tía con mi novia. Escapo, como laucha por tirante, ni miro atrás para saludar. Avanzamos unos pasos y paro. Me sacudo todo el cuerpo y mi novia me dice sorprendida ''¿qué hacés?''. Le contesto natural, ''me saco la mufa, ¿te pareció poco este quilombo?''. Se ríe nerviosa, por no llorar.
Ayer me había escapado como laucha por tirante de una cena en lo de mis suegros, estaba obligado a dormir fuera de casa por refacciones, tenía despeje en Pompeya y no me lo había querido perder por nada, especialmente por el clima espeso. Saludo a mi novia. Veo en ella los mismos signos que había visto ayer, en menor escala: su famoso ''resfrío psicológico'', su mirada autista propia de haberse peleado, su asombrosa cantidad de palabras por minuto (¡menos de 10!) ... dichas muuuuy despacio.
Dejo el bolso (grave error si necesitara escaparme de nuevo), me lavo la cara para disimular lo dormido y desganado que estoy y salimos. Las dos cuadras hasta el departamento de la tía son monótonas. Trato de charlar, de que mi novia largue entripados, pero la conversación no se anima, como si nunca se encendiera el piloto automático. Llegamos y nos abre la tía, con una cara más digna de un velorio que de un cumpleaños. Saludo alegre por su cumpleaños a la tía, mi novia pasa de largo con un ''hola'' murmurado, que se pierde varios decibeles abajo de unas bocinas. Sigue espesándose el merengue.
Desde el pasillo se escucha el tono seco de mi suegra cuchicheando. Entramos. La mesa tiene unos sandwiches de miga, y sobre las sillas mis suegros. Otra mala señal: cuando mis suegros sirven la comida desde temprano suelen buscar ablandar a alguien y pegarle el mazazo cuando hace la digestión y no está con todos sus reflejos. Hay una vecina de visita, habla hasta por los codos, pero yo estoy muy cansado como para disponer de neuronas suficientes a las que les interese siquiera parar la oreja ante los chimentos.
Se va la vecina y la mesa toma su disposición examinadora: los 3 mayores de un lado, mi novia y yo del otro, simulando un estrado. Mi novia sigue autista y apenas ataca los sandwiches, más de lo mismo. Empezamos hablando de enfermedades, de la millonésima vez que la tía predice que se va a morir (este es mi ''último cumpleaños'' dijo hace 5 años cuando la conocí), de unos lunares que se tiene que operar mi suegro, todas cuestiones ligadas al ablande por inspiración de lástima. Creo que animaría el bloque poniendo al Chavo volviendo a su barril, o a Dumbo gimiendo con su madre elefanta enjaulada.
La conversación, deviene en reclamos de consorcio y, subrepticiamente, a mi departamento, objeto de remodelación y último bastión de la ''ayuda'' de mis suegros. Digo ayuda porque, aunque se pinte de otra forma, lo siento como una invasión, como una imposición de hacer las cosas según mi suegro, quien ya hace tiempo se ampara en el ''yo no te impongo'' para después decir una sarta de cosas que traten de despistar, concluyendo abiertamente con un mandato a hacer tal o cual cosa como a él le gusta.
Llegan las empanadas y la tía no puede contenerse. ''Antes no te portabas así'' le lanza a mi novia, herida por el saludo frío de la puerta. ''Ya no sos la chica cálida, cariñosa..'' En el fondo sigue pensando que tiene 9 y no 29 años. Hace tiempo que conozco por situaciones personales a familiares muy mayores que se creen con derecho a hacer y decir lo que se les venga en gana, como ella, teniendo encima la osadía de enojarse si uno le señala de manera cortés que no está en lo correcto. La frase que está diciendo se corta porque nadie le sigue el juego, pero el haberse lanzado de esa forma hace que la bestia muestre los colmillos
Acto seguido hace aparición la torta, sin velas, porque la tía señala que es su último cumpleaños y, por lo tanto, ya no le queda nada por desear. Creo que ni un actuario con 30 años de trayectoria podría establecer semejante predicción. Una vez servida empieza el soliloquio: mi suegra, sin un motivo previo en la fiesta declama en verborragia pura sobre la nena (mi novia) que contesta mal. Insiste una y otra vez sobre mi rol a la hora de contener, como si no fuera su madre, y los demás presentes no conocieran la situación.
En un principio no contesto, conozco el juego. Mi suegra levanta temperatura y trata de arrasar, cualquier interrupción se transforma en insolencia porque no la estaría dejando terminar de hablar. Encadena las palabras (unas 200 por minuto) a velocidad y con indignación. Si embargo, si algún compinche se mete no es interrupción y ese es mi pie de entrada. A los pocos minutos mi suegro trata de despacharse sobre el rol de la experiencia con su cd ''no te impongo'' y lo paro en seco. Empiezo a aludir a que nadie es perfecto, a que la experiencia es intransmisible (''aunque ud. sepa mucho hay cosas que uno las tiene que aprender por prueba y error'') y a que uno aprende equivocándose. Remato indicando que muchas cosas de mi mamá las aprendí y entendí después que ella murió. La muerte siempre genera silencio respetuoso: mi suegro ya no se vuelve a meter en el tema.
Vuelve a tomar la posta mi suegra, en actitud casi pendenciera. Es hora de bajar el tema central. Mi novia amaga una respuesta, pero siente que no va a conseguir nada y que va a contestar muy mal. Se calla y vuelve a su pose autista. Le digo que hay nervios en el ambiente, que uno no se casa todos los días, que la contención también se trata de que ellos no magnifiquen las cosas que pasan. La tía trata de desacreditarme diciendo que ''no se magnifica'' pero nadie sigue su idea. Ella insiste con que el proceder de ella no es correcto, pero también insiste en trasladarme a mí un tema que le corresponde a ella. Al menos se baja del pedestal y reconoce ''que pudieron haberse equivocado y haberla sobreprotegido''. Desconozco ya si es genuino o trata de usar mis argumentos, pero me da pie a retomarlos y forzar a que cambie de tema.
El cambio de tema es otro clásico de mi suegra: digamos que es su último recurso. Cuando ve que no puede avasallar al otro con la fuerza de su argumento y elocución y que el empuje inicial de indignación cede porque el oponente no se desboca y habla con coherencia, entonces intenta dar un rodeo para reagrupar ideas o tomar al otro de sorpresa. En este caso los slogans son ''ojalá tengan hijos que los sepan comprender'' y ''la juventud perdida de hoy que to''. El primero se desestima cuando habla de padres abandonados en geriátricos, cargoseando una vez más sobre la apelación a la piedad y la lástima. El segundo es digno de que saque un walkman y me lo ponga o de dejarla a ella en modo mute. Estructuras gramaticales sin terminar, alusión a hechos que nunca ocurrieron, un cambalache que se sabotea a sí mismo. En ese momento me pongo autista, haciendo una pareja divina con mi novia.
Una vez terminado el cambio, vuelven los restos del tema original a presentar batalla. Antes de eso, me había tomado 2 minutos para desenredar el ovillo de frases de los últimos minutos y rebatirlos punto por punto: ''somos jóvenes estudiantes, laburantes, medianamente responsables y no esa juventud de la que habla'', ''la rectora del Nacional no fue echada por sus alumnos sino por gente mucho más grande en edad''. etc. Dicho esto, no queda intento de batalla y mi suegra ensaya un cierre decoroso, el cual no escucho y al que no contesto, sumido en autismo otra vez.
Con la discusión casi cerrada, mi suegra se sorprendió de que no contestara. Me preguntó si me pasaba algo (tal era mi autismo y su falta de importancia sobre lo que puede sentir el que está enfrente), a lo que respondí seco y sin cambiar de tono ''sí, me parece desubicada semejante perorata en un día que tenía que ser festivo''. Silencio seguido de un tono cordial, muy diferente al de toda la charla, invitando a cerrar la fiesta ''porque los chicos mañana laburan''. Justo ahora se acuerdan, ¿no?
Me sueno en el cuello, en la espalda, tronando todos los huesos que puedo, para mostrar la tensión que genera el Tribunal Suegral tratando así a los demás. Voy a buscar la ropa con la intención de irme. Pretenden enmendar parte de lo hecho ofreciéndome las empanadas que sobran, alguna porción de torta, algún sandwich, migajas que consideran el ''tratamiento correcto'' a un hijo, como soy conceptuado allá. Si mi vieja los viera, tendrían que esconderse en el ventanal del obelisco por semejante atrevimiento. Los saludo rápido y salgo de lo de la tía con mi novia. Escapo, como laucha por tirante, ni miro atrás para saludar. Avanzamos unos pasos y paro. Me sacudo todo el cuerpo y mi novia me dice sorprendida ''¿qué hacés?''. Le contesto natural, ''me saco la mufa, ¿te pareció poco este quilombo?''. Se ríe nerviosa, por no llorar.