Salgo con ella a un desfile. Vamos hacia el colectivo, hoy el viaje es gratis. Le doy mis llaves para que las guarde. Pienso en broma que me enojaría si las pierde, pero ella quiere saber cómo es que me enojaría. Le digo que insultaría y me pide saber qué insultos usaría. Le digo que no quiero insultar y me insiste. Si yo insistiera, recibiría un NO rotundo. Contesto que no. Su insistencia me vuelve a poner en la misma situación. Digo que no innumerables veces, pero no me entiende. Tomamos el colectivo.
Nos sentamos al fondo. Ella sigue insistiendo. Tengo modorra después del almuerzo y recuesto mi cabeza sobre la ventanilla. No me deja dormir; empieza a pellizcarme, trata de hacerme cosquillas. Le contesto que me gusta ser toqueteado, que es una pena esperar a estas situaciones para recibir ese cariño. Entonces se detiene; cae presa de su propia incredulidad y de la verdad que está escuchando. Al rato la necesidad de ser insultada la empuja de nuevo a la rutina de pellizcar con más virulencia: donde antes era brazo y panza, ahora se trata de nariz y orejas. Sigo contestando lo mismo, a pesar de que ya no me hace ninguna gracia.
Por último cambia de plan y me saca el celular. Le digo que me lo devuelva. No hay caso. Insisto de manera serena y se encoge de hombros. Finalmente, ante tanto hostigamiento, le digo que me lo devuelva o me bajo del colectivo y no la acompaño. No se inmuta. Me levanto para bajarme y me dice ‘’pero si te bajás, no te voy a dar el celular’’. Le digo ‘’quedátelo’’ y me bajo.
Después de esperarla un rato donde bajé para ver si volvía, me canso de estar así y doy vueltas por Belgrano hasta parar en un café, donde me pongo a leer el diario. Una vez que terminé con el diario, tomo el subte y vuelvo a su casa a buscar mi bolso. Pensé en llamarla, pero no hubiera cedido a su capricho, aún a riesgo de crear el mío. Pensé que ir a buscar el bolso era suicida, porque podía no estar ella y sí la Corte Suprema de Justicia Suegral ‘’Crimen y Castigo’’, para quienes soy culpa de todos los males de la huimanidad. Pensé en muchas cosas…pero aún así decidí ir, esperando encontrarla en la puerta. Pobre iluso, ella nunca espera a los demás… antes que nada es una diva!
Accedo ingenuamente a subir y veo el tribunal constituido y la sesión ya armada. Inmediatamente llueven las preguntas cual huracán embravecido ‘’¿y qué pasó?’’ ‘’¿y por qué dejaste sola a la nena (de casi 30 años)?’’ ‘’¿y por qué?’’ ‘’¿pero no pensás en nosotros?’’. Hago una pausa en esta última pregunta: tuvimos un roce infantil con ‘’la nena’’ y tengo que pensar en sus padres….curiosa idea de contención familiar.
Pasadas las preguntas, siguió la sentencia obvia, de culpabilidad ‘’pero que clase de inmaduro sos que deja a ‘’la nena’’ irse sola en el colectivo, a pocos meses de casarse, esto es como si no se quisieran, porque si no querés casarte lo deberías decir ahora, etc etc’’. Otra pausa: ¿cómo pasamos de un roce a la tercera guerra mundial y yo de novio a villano del Eje? Los vericuetos de una suegra son caminos insondables por donde todo puede transformarse de maneras impredecibles. Como es costumbre, tuve que dar un alegato para que fuera cajoneado. Si no fuera porque no tuve que escribirlo, estoy seguro de que lo hubiera visto en próximas visitas junto al inodoro o quemándose en el asado. Quien piense que tengo demasiada paciencia, se equivoca. No conoce lo que vino después.
‘’La nena’’ llegó al rato y tuvo que dar conferencia de prensa. Otra vez la cantinela de ‘’no pensás en nosotros’’ signó la posición unilateral de la madre verborrágica, el padre silencioso y acorde y la tía más silenciosa pero ausente. El monólogo duró hasta que la incité a mi novia a irnos a un café a hablar sobre lo sucedido. La charla mostró arrepentimiento mutuo por la chquilinada y nadie ofendido o rencoroso hacia el otro. También evidenció que faltaba lo peor: la vorágine de llenadas de cabeza cósmicas recién se iniciaba.
Volvimos y tuvimos que dar cuentas al tribunal, como si las acciones entre novios (en especial, los resquemores de poca monta) tuvieran que importarle a los padres al punto de meterse en ellas y dictaminar juzgando a los responsables. Esta vez habló el padre: ‘’no puede ser que ahora me dejen muy mal y preocupado por lo que pasó’’ a lo que siguió la infantil exigencia de decirle ‘’no lo volvemos a hacer de nuevo’’, mientras su esposa, redoblante en mano seguía aumentando la cuestión cual placa roja del canal Crónica. Mientras mi novia permanecía callada y sin respuesta, atiné la única defensa posible ‘’¿Cuándo Uds. Eran novios….sus padres también se metían en sus peleas de esta forma?’’ La única respuesta que recibí, cortesía de mi suegra, no fue dirigida a la pregunta: ‘’No trates de ganar esta discusión’’. A lo que respondí que se estaba exagerando la cuestión e insté a mi suegro (Daniel) a que parara esto mismo, a que se estaba juzgando por un error infantil como si ellos nunca cometieran errores. Curioso: otro Daniel hace muchos años habló en el Viejo Testamento de la soberbia…esa página debe estar faltando en la Biblia de mis suegros. Imagino que el baile siguió, pero yo por suerte me fui.
Darius
De Roma sólo el anagrama