miércoles, 30 de junio de 2010

30 de Junio de 2010 - La bestia querible

Una bestia en un traje de humano. Gorra y buzo encima; lija, llana o rodillo en mano. El negro que de negro ni los pelos tiene. Juan Carlos es uno de esos pocos honestos de la vieja escuela dando vueltas en este mundo hipócrita. Un ingeniero civil que no pudo ser, buscavida como casi nadie, atrapado por los achaques y la decadencia de sus últimos años de profesión. Vale este botón de muestra, uno de tantos diálogos.

Miércoles, 8.30 de la mañana. Sigo en el séptimo sueño desde el colchón en el piso de living. El búnker de obra agudiza el ingenio hasta para dormir pero ya me estoy despertando. Ruido de llaves en la puerta, se empieza a desvanecer toda posibilidad de fiaca. Otra vez Juan Carlos y su fiel ayudante Benito cortándome el sueño.

‘’Eeeeh, ¿todavía durmiendo?’’ me grita desde la puerta mientras levanto el colchón. Me voy estirando y le contesto que no se preocupe, que ya estaba despierto. Retruca ‘’Pero si tenés una cara de dormido que mata’’ ‘’Dale Benito, ponete la pava que vamos a prepararle un mate al pibe antes que se vaya’’. Ese ritual del mate infaltable. La bestia agarra envión para empezar el día mientras me cuenta sus problemas.

‘’Estos putos de donde compraste el Durlock, pedís 300 tornillos y te chorean 8’’ ‘’No comprés más ahí!!!’’. Le pregunto si compramos en Easy. Me dice ‘’Nooo peor, se la pasan pidiéndome el vuelto para no sé que mongo ‘’ Sorbo rabioso al mate:‘’Mierda le doy monedas con la basura de segunda que venden’’. ‘’Bueno, calmate macho’’, le contesto. ‘’No puedo, estoy hasta las pelotas’’ ‘’Este dolor en las rodillas, tengo pesadez, quiero ver el laburo ya terminado’’ ‘’Mirá que quilombo’’ señala al piso del patio donde descansan todos los cacharros. Me río para no llorar, hace 3 meses que tengo esos cacharros ahí y que tengo la casa, los hábitos, los horarios, todo revuelto. Pero vivir en obra tiene esos contratiempos. Termino el mate que me alcanzó Benito.

El monólogo cambia de tema. Escapa a la realidad y viaja a tiempos mejores, más joven, con más plata, con menos achaques. Llega al punto donde ya no siente el peso de los últimos años ‘’Cuando laburaba en Tenerife, todo era de inoxidable, no esssta porquería’’ se queja de una de las herramientas. ‘’Me acuerdo de una ecuatoriana que había allá, que canto a la mujer’’ ‘’Mirá que yo la quiero a mi señora, pero que mina…’’. Sigue con detalles de Tenerife, un libro abierto. Me habla de las calles, de la gente, de los amigos para los que trabajó allá. Se acuerda de todo: de las buenas y en especial de las malas. Me da mucha pena verlo así a un tipo que debe haber sido un toro de joven, emprendedor, reo y aguerrido. Me empieza a fastidiar el relato porque ya lo escuché varias veces: sé que necesita una oreja pero ya me la deja roja. ‘’No te enojes Daniel (a veces me confunde con mi suegro, ya me acostumbré) yo te voy a hacer el laburo’’. ‘’Aunque si fuera por tu mina (por mi novia), ya me hubiera ido hace rato’’. Agrega, ‘’el mate está re joya, Benito’’.

Cambia de vuelta el monólogo. ‘’Tu novia es buena mina, pero tiene esa bruja de la madre que llena la cabeza’’ ‘’Ojo, es buena gente, pero como te rompen las pelotas’’ Yo asiento, mientras paso el mate a Benito, que no habla pero se ríe con algunas de las frases. Sigue Juan Carlos ‘’Ahora tu suegro, me llamó ayer a las 23.30, yo ya estaba durmiendo’’. ‘’¿No lo mandaste a freír churros?’’ pregunto. ‘’Noooo es de diez el tipo, pero…(pega un sorbo al mate)…es de rompebolas’’ ‘’Además ventajero, no me pueden pedir un laburo a un precio y después pedirme que haga algo mucho más complicado por lo mismo’’. ‘’Recibo mate y devuelvo ‘’Si te lo hace a vos que te conoce de toda la vida…’’ Pienso en que hay que salir a comprar más tornillos y desvío la conversación. Se terminó la sesión de una hora y todavía no hice nada…aparte de escuchar.

Voy a la ferretería y traigo los tornillos. La bestia ya está trabajando, encima de una escalera, lijando: ‘’Te habían pintado mal acá’’ ''¿Pero ves el laburo? ¿Ves el tiempo que lleva cuando se despinta?'' Asiento con la cabeza mientras le muestro lo que compré y amago ir a la pinturería. Me frena: ‘’No te vayas’’ ‘’Sabés que las cosas que te digo no son para ponerte mal’’ ‘’Disculpame si te jodo, pasa que quiero ver las cosas terminadas, soy detallista. No te enojés, eh.’’. Le contesto que ya conozco de la obra, tuve la experiencia de vivir en una a los 7 años durante mes y medio. ‘’Por eso valorás mi laburo’’ ‘’Ves Benito, nada que ver con la suegra este’’. Me quedo y retoma el laburo. Mientras lija, va proyectando ‘’Ahora estas maderas te las aprovecho para zócalos, no gastes al pedo’’ ‘’Si nos hace falta alguna sobra de Durlock, yo te consigo, quedate tranqui’’.

Vuelvo de la pinturería con dos baldes de 4 litros. Ya es muy tarde, menos mal que no queda más pintura por encargar. Vuelvo y la bestia sigue buscando compañía. Soy el hijo que tiene y no le da bolilla. Soy el socio de obra que le facilita las cosas y no le estorba. ‘’¿Ya te vas? ¿No te quedás a comer con nosotros?’’, me dice. ‘’No puedo, me van a matar un día de estos en el laburo’’ le contesto. ‘’Bueno pibe…Ruben, que alegría tenerte por acá’’ ‘’Gracias por todo y disculpame la molestia’’ me va diciendo mientras se pone a barrer con Benito la polvareda de la lija, la amoladora, el fratacho. No se puede no querer a un tipo así, aún con sus rabietas .‘’Que tengas buen día, Juan Carlos’’, le digo cuando el reloj da las 12. Gano la puerta de salida. De fondo escucho un grito ‘’Y vos también Ruben…y quedate tranqui’’.


Darius

De Roma sólo el anagrama

martes, 8 de junio de 2010

25 de Julio de 2009 - Amor de chocolate

Arreglo los últimos detalles. Ya fui a buscar los anillos hace un rato. No tengo más margen para la sorpresa. Quise llevarla a una cena romántica, pero se me cortó el mambo con preguntas del otro lado ‘’¿y por qué cenar?’’ ‘’¿pasó algo?’’ ‘’¿por qué (justo esta vez) no vamos al cine o hacemos otra cosa?’’. Entonces hubo que improvisar, una de esas cualidades que se necesitan para sostener el amor.

El reloj marca las 13.30 y llego a casa. Llamo a la bombonería, todo está en su lugar.: ahora a vestirme. Mando mensaje misterioso al celular ‘’hoy nos podemos ver 16.30?’’. La idea original era caer a las 19.00 para el cumpleaños de mi suegro. A ella no le gusta que altere los planes de golpe, responde ‘’¿por qué tan temprano?’’. Contraataco con un verso ‘’me junté a estudiar por allá y salgo antes’’. No espero que me crea, más con lo desconfiada que es. Tomo el traje impecable del placard. Los mensajes de respuesta se siguen sucediendo ‘’daaaale contame’’ ‘’cuánto misterio…’’. No doy bolilla, sigo cambiándome.

Vuelvo a la calle. Hace frío y se sienten los nervios. Repaso inventario para no pensar: están los anillos, el traje impecable, los pañuelos, la billetera. Camino sin mirar las 8 cuadras hasta la parada de colectivo. Estoy en blanco, parece mesa de examen final. Llego a la bombonería. La dueña me muestra lo que voy a comprar, acomodamos la cajita de anillos adentro. Contesto ‘’en 15 estoy, esperame abajo’’ para no dar explicaciones

Otra vez gano la calle y la decisión me pone los nervios a punto de estallar. Acelero el paso para estar a las 4 en punto. Pienso ‘’¿yo puntual y de traje?’’ ‘’ya sé que me va a decir que sí, pero…y si cambia de idea’’. Bajo el ritmo en la última cuadra para no transpirar. Respiro hondo y doblo la ochava, la veo en la puerta. Escondo la caja a mis espaldas y la saludo con la mano. Bajó así nomás, sin producción, como me encanta.

Se hace la que no entiende. Con su sonrisa de oreja a oreja y sus pupilas como dos pelotas de ping pong. Mira el traje, me ve bien vestido. Rebota los ojos en los zapatos, trata de adivinar qué tengo escondido. Rompo el hielo, le pregunto cómo está. Cambia de tema, quiere ver la caja. Le digo ‘’me imagino que sabés por qué vine así’’, me responde ‘’yyyy no sé…capaz te vestiste bien para mí’’ Se ríe, no puede disimular que también está nerviosa. Le doy la caja y ve un corazón de chocolate. Me tira un abrazo, pero no se da cuenta. Le digo ‘’abrilo el corazón’’. Abre al medio el chocolate y yo saco la caja con los anillos, escondida entre otros corazoncitos de chocolate. Me arrodillo, al mejor estilo película, y le digo: ‘’¿te querés casar conmigo?’’ Qué largos son los segundos hasta la respuesta…eterno, interminable momento que le gusta estirar a la bruja…para decirme ‘’¿y qué tenía que contestarte?’’ y reírse a carcajadas antes de darme el sí.

Pasó un buen rato. Volví a casa para cambiarme y vestirme sencillo. El corazón de chocolate y sus anillos se quedaron descansando en el cuarto de mi novia. Toco timbre y subo con ella, toda acaramelada esta vez. El plan maestro se pone en marcha: nadie sospecha lo que los tórtolos tienen entre manos.

Cena tempranera. Todo el Tribunal de Justicia Suegral está reunido, pero hoy no hay sesión. Un par de tíos compinches colados se suman a la mesa. Empiezan degustando mis empanaditas de copetín. La charla va por los carriles normales: política, religión (¿por qué ‘’el nene’’ no es creyente como la nena?), fútbol, clima porteño, casamiento. Sí…casamiento, la eterna insistencia en cada encuentro durante los últimos dos años (sin contar ‘’el nene’’ está gordo). Mi novia se recibió y hubo que buscar otro enemigo a quien atacar: la soltería de ‘’la nena’’. Con la bruja nos lanzamos miradas furtivas, pensamos ‘’no saben lo que les espera esta noche’’.

Los argumentos iban desfilando: pasó primero el picapiedra de mi suegro con ‘’si se casan, ella te puede ayudar en la casa’’, como si ella no fuera profesional; siguió el lastimoso quejido de mi suegra ‘’yo sé que tus padres, si estuvieran vivos, querrían que te casaras’’. Hago una pausa. Considero cavernícola que la mujer, cualquiera sea, se subordine a la fuerza del garrote del casorio, es prehistórico. Además, si mis viejos estuvieran vivos, como le dije varias veces ‘’los hubieran puesto en su lugar de tal forma que ya no podrían decir ni mu’’. No me importaba esta noche, esa amargura era tapar con un dedo el solazo que representaba este momento, palpable en nuestras imborrables sonrisas.

La charla continuó con estimaciones de cuanto podía durar lo que faltaba de mi carrera y varias interrupciones de los colados, que metían paños fríos y evitaban la monotonía de la conversación. Estábamos en otra sintonía con la bruja, esperando que fuera medianoche, que viniera la torta, que se develara el misterio.

Suena el péndulo. La campanada número 12 desata el canto de feliz cumpleaños para mi suegro. Todas las luces apagadas, mientras los incautos miran las velas encendidas y mi novia corre a la pieza a buscar los anillos. Nos agarramos de la mano mientras termina la canción, ella me pasa un anillo y a los pocos segundos ya los tenemos puestos. Aplausos por el cumple y brindamos con las luces encendidas, anillos en mano. Nadie se da cuenta…excepto una tía colada, la más compinche de todas. Volvemos a brindar y empiezan a caer todos.

Durante poco más de un minuto nos sentimos Tevez en cancha de River, o Caniggia en el ’90 frente a Brasil. La sensación de golazo inesperado, de silencio impensado es una clara señal de victoria. Esa mudez que uno quisiera escuchar más seguido, sin necesidad de anillos y rituales, ese callarse en señal de respeto en lugar de atropellar al otro con verborragia. Lástima que duró solamente un instante…pero qué instante. Después, la catarata de preguntas, la conferencia de prensa que se extendería por varios días en el diario Crónica, meros detalles que apenas alcanzan a ser moño de este día, repleto de amor de chocolate.


Darius

De Roma sólo el anagrama

miércoles, 2 de junio de 2010

22 de Mayo de 2010 – Rivotril con papas

Sábado por la mañana. Vienen a presupuestar el enésimo arreglo para hacer. También tiene que venir mi novia, pero no aparece. Imagino que se quedó dormida, porque viene mi suegro con el carpintero. Agradezco su ayuda, lástima que sea tan denso, siempre al borde de imponer las mismas cosas. Espero no ser así de insistente cuando sea padre.

El carpintero toma medidas, pasa precios más accesibles que los oportunistas de siempre. Parece magia: uno nombra la palabra ‘casamiento’ o ‘remodelación’ y a muchos les brillan los signos pesos en los ojos y juntan los dedos al mejor estilo Burns. A este hombre ya lo habíamos visitado 2 semanas atrás con mi novia, parecía macanudo. Quedamos en contacto y el señor se va.

Debí haber pasado por el baño a buscar el champú. A solas con mi suegro empieza el lavado de cabeza. ‘’Vos deberías contemplar que ella está cansada’’, debe pensar que soy un zombie que no duerme. ‘’Tenés que entender que esto es mucho para ella y hay muy poco tiempo’’. Le respondo que faltan 4 meses y los arreglos en casa llevarán 1 mes más. Retruca ‘’Pero vos podés contar con nosotros’’. Pienso que es cierto, pero lamentablemente pesan mis 9 años de soledad. Esos años me enseñaron que los que te hacen favores te pasan factura, y que podría esperar de mis suegros una factura más larga que cualquier papiro egipcio. Basta con mirar el acelere que le imprimen a todo lo que hay que hacer; las expresiones ‘’no hay tiempo’’ ‘’el tiempo pasa volando’’ enmascaran el apuro que siempre tuvieron por ‘’casar a la nena’’. Ni hablar del contradictorio ‘’uds. Deberían disfrutar esto’’ mientras siguen pisando el acelerador en lugar del freno.

Le digo que no se puede hacer todo a las apuradas, al ritmo de ellos. Que las cosas se están haciendo, que no estoy gratuitamente hace mes y medio viviendo en medio de una obra porque tengo mi vida en casa y no puedo mudar todo lo que necesito de un día para otro. Tengo otra velocidad, otras preocupaciones que contemplar al mismo tiempo, mantengo una casa. No importa, para ellos siempre ‘’la nena’’ y su intención de hacer el bien de cualquier forma está primero. Y de veras puedo entender hasta cierto punto lo de la nena….pero lo de pasar siempre por encima mío y de ceder siempre yo, la verdad que no. Como de costumbre quedamos en nada, cada uno con su punto de vista y con la sensación de que el otro no escucha. Mi suegro se va.

Rato después se empieza a armar el rompecabezas. Llama mi suegro para avisarme que la nena está ‘’boleada’’. Que no se levanta y que apenas responde cuando la despiertan y se vuelve a dormir. Se cruza por mi cabeza que tal vez tomó algo para dormir y se pasó con la dosis. Varias horas después llama de nuevo para decirme si podía ir a verla a ‘’la nena’’. Estos pedidos suelen encerrar quilombo en su casa y situaciones de extenso traqueteo donde yo paso de villano de película a mediador universal, como cuando uno hace zapping frente al televisor. Efectivamente tomó algo que no debía o en una dosis exagerada. Tengo ganas de verla, de ver qué pasó, pero ningún interés en contener a sus viejos. Extiendo mi rato de estudio hasta donde puedo y voy.

Saludo a mis suegros, caras muy largas, kilométricas. Mi novia en su habitación, paso a verla. Está cambiándose, apenas coordina los movimientos, sensación de resaca extendida. Le pregunto cómo se siente: me dice ‘’con sueño, pero necesito salir’’. Le contesto ‘’¿estás segura? Tu viejo nos mata por menos que eso’’. Su sonrisa sale forzada, con delay. Me dice ‘’sí, sino me van a volver loca’’ y agrega ‘’si no salgo, es como hacerte venir al pedo, para eso sigo durmiendo’’. Accedo a negociar con mi suegro, el mismo que nos llama enojado si la nena está volviendo después de las 4.30 de la mañana. Lo convenzo ‘’la llevo y la traigo, una horita nomás….dijo que necesita despejarse’’. Me dice ‘’preguntale a ver por qué hizo esto’’. Esquivé al servicio de inteligencia con un ‘’veo que puedo hacer porque está boleada’’.

Vamos a cenar. Se sostiene fuerte de mi brazo para poder caminar. Casi no hablamos, solamente cosas sobre cómo se siente y adónde vamos a comer. Llegamos al restaurant. Ensalada caesar y bondiola con papas en mesa, empieza la charla en serio. Entre temas de casorio que apenas registra por el sueño, se va colando la situación de ella, por qué está así, qué la impulsó a tomar las pastillas: ‘’necesitaba dormir, venía muy saturada’’ ‘’no paran de llenarme la cabeza’’. La catarata siguió, después de algunos mimos y varias pausas alimenticias: ‘’yo quiero estar tranquila, pero es un hervidero todo el tiempo’’ ‘’lo peor es que siempre caen como víctimas porque dicen que todo es para nuestro bien’’. No quise aportar leña al fuego de lo que ya es obvio.

Camino de vuelta me seguían sonando: ‘’si podía, me hubiera bajado el frasco entero de pastillas’’ y ‘’necesito escaparme a algún lado’’. Había tratado de calmarla, pero ahora estaba mal yo. Nos esperaban para comer, pero más que nada para interrogarnos. Sentados a la mesa, sin ganas de comer o de hablar con ellos, yo agradecía a Argentinos Juniors por haber salido campeón y darme tema de charla con mi suegro, para entretenerlo mientras mi novia, caída de sueño se iba a su pieza.

Al rato mi suegro se levanta: mi novia había ido a la pieza de sus padres en lugar de la suya. Parece que revolvía cajones, mis suegros pensaban que estaba buscando pastillas de nuevo y la mandaron a la cama sin postre. Así comenzó el diván: me pegaba el cansancio y el stress de la semana, del sábado y ahora además veía como mis orejas se ponían rojas de tanto bla bla. Desde los comprensibles ‘’¿vos la viste?’’ ‘’no puede hacer esto para dormir’’ hasta los dignos de paparazzi ‘’¿pero te dijo por qué lo hizo?’’ ‘’¿te dijo cuántas tomó?’’ pasando por todos los preparativos de casorio, respondiéndose antes de querer realmente una respuesta.

Fue mejor que ser villano, pero mis neuronas, después de 2 horas de bombardeo, pidieron algunos shots con amigos para poder volver a la normalidad. Lo peor del caso fue preguntarle al día siguiente a mi novia si recordaba cosas…sólo se acordaba de haber dormido mucho, de que fui a visitarla….y de las papas de la bondiola.

Darius

De Roma sólo el anagrama

martes, 1 de junio de 2010

29 de Mayo de 2010 - Intolerancia. La comunidad Crónica del Anillo

Saco las berenjenas, las pongo en frascos y los cierro. Junto los frascos con una botella de vino y salgo. Ya vi la hora, sé que llego tarde. Pero tengo la seguridad de quedar bien adonde voy. Otras veces me ha tocado esperar a mí y no sería tan descabellado que me esperen esta vez. Mucho me ha costado el despertar y más aún estar presentable viviendo en una casa llena de polvo, en un domingo al borde del resfrío, en un mes al borde de mandar todo a la mierda.

Llego a Once, 10:55 en el reloj. Ya sé que me espera la condena. La he visto venir infinidad de veces desde aquella llamada recibida minutos atrás. Bajo del taxi y la estación se ve mucho más vacía que de costumbre. Busco a los de la Comunidad con la mirada pero no están. Camino un trecho y me encuentro con uno de ellos quien me increpa por la hora ‘’no se hace esperar a los mayores, ¿no ves que les puede agarrar frío?’’. Ignora que yo también tengo frío y que necesité de algunas pastillas para recuperarme. Replico que yo también espero a veces. No hay caso, la voz me grita sin entenderme: ‘’si te la querés agarrar conmigo, agarrátela, pero no metas a mis viejos en esto’’. Saludo y subo con los demás al tren. Nuevamente los otros me dicen que no los tengo en cuenta, mientras hacen lo contrario a lo que predican.

Silencio sepulcral. El frío, el sueño, la intolerancia en el aire y la noción de saber que una palabra equivocada desata un infierno desproporcionado, más allá de lo que merezco me adormecen. Mis ojos se cierran, o tal vez yo los cierro para no ver. No lo sé con exactitud. Escucho voces, algunas las discierno y otras no. El tren para en la estación Caballito; entreabro los ojos. Pienso que debí haberme quedado en casa, que este viaje y estas consecuencias no eran para mí. Que soy chivo expiatorio de los errores de otros. No bajo, pero ya no abro los ojos en todo el viaje. Interminable silencio envuelve las oleadas de angustia que, una tras otra, van siendo digeridas a medias. El sol sale, siento su resplandor en la cara, pero el entorno se siente frío y vacío.

El monótono viaje a Merlo termina con un codazo para despertarme y un gesto señalando la puerta. Bajo con el mismo silencio. Cero onda, cero ganas de impostar alegría. Pienso que por lo menos hay buena comida y empiezo a cambiar de actitud mientras camino. La vereda, llena de hojas pegadas con barro, parece alfombrada. A lo lejos Juan, el cumpleañero, saludando bastón en mano. Más adentro Delia , su mujer, asomándose con una sonrisa de oreja a oreja.

Entramos. La calidez de hogar me sigue aliviando. Dejo el escabeche de la discordia en la cocina, me lavo las manos y ocupo un lugar en la mesa. Tranquilidad. Sigue retumbando en mi cabeza el ridículo episodio de hace un rato. La abundancia en la mesa esconde las miserias internas de los que estamos sentados. Se charla, se ríe, se come.

Las lluvias de los días anteriores, las mismas que alfombraron la vereda, también se hicieron sentir en el techo. Me ofrezco a ayudar a Juan con la limpieza. Juan me dice que no, que no me preocupe. Al verlo con el bastón, insisto. Subimos, bolsa de consorcio en mano. Después se suman los demás. Emprendo la tarea con muchas ganas, con la manifiesta necesidad de catarsis física. No dejamos ni una hoja; Juan está contento. Bajamos a merendar…¿cómo voy a decir que no a la buena comida?

Me siento a la mesa nuevamente y empiezo a jugar con el anular, buscando el anillo de compromiso. No está. Pienso que lo dejé en algún bolsillo del pantalón. Tampoco está. Ataco una factura. Igual de malo es el resultado buscando en el camperón. Ato cabos sueltos mientras viene otro mate. ¿Se perdió entre las hojas de la bolsa? No estoy seguro: pienso ‘’mirá si le hago vaciar la bolsa a Juan, alarmé a todas las cámaras de Crónica que llegaron hasta Merlo y encima… no está el anillo’’. Es increíble esto de obligarme a pensar el peor escenario en lugar de vivir la relación.

Vuelvo de Merlo en tren. Los ánimos ahora están calmos. La falta de sueño sigue presente. El paradero del anillo es desconocido a la fecha y la Comunidad Crónica no tiene la primicia de su extravío. Y, a menos que se den cuenta, seguirá siendo un secreto escondido a la vista de todos. Otra vez silencio.

Darius
De Roma sólo el anagrama