Saco las berenjenas, las pongo en frascos y los cierro. Junto los frascos con una botella de vino y salgo. Ya vi la hora, sé que llego tarde. Pero tengo la seguridad de quedar bien adonde voy. Otras veces me ha tocado esperar a mí y no sería tan descabellado que me esperen esta vez. Mucho me ha costado el despertar y más aún estar presentable viviendo en una casa llena de polvo, en un domingo al borde del resfrío, en un mes al borde de mandar todo a la mierda.
Llego a Once, 10:55 en el reloj. Ya sé que me espera la condena. La he visto venir infinidad de veces desde aquella llamada recibida minutos atrás. Bajo del taxi y la estación se ve mucho más vacía que de costumbre. Busco a los de la Comunidad con la mirada pero no están. Camino un trecho y me encuentro con uno de ellos quien me increpa por la hora ‘’no se hace esperar a los mayores, ¿no ves que les puede agarrar frío?’’. Ignora que yo también tengo frío y que necesité de algunas pastillas para recuperarme. Replico que yo también espero a veces. No hay caso, la voz me grita sin entenderme: ‘’si te la querés agarrar conmigo, agarrátela, pero no metas a mis viejos en esto’’. Saludo y subo con los demás al tren. Nuevamente los otros me dicen que no los tengo en cuenta, mientras hacen lo contrario a lo que predican.
Silencio sepulcral. El frío, el sueño, la intolerancia en el aire y la noción de saber que una palabra equivocada desata un infierno desproporcionado, más allá de lo que merezco me adormecen. Mis ojos se cierran, o tal vez yo los cierro para no ver. No lo sé con exactitud. Escucho voces, algunas las discierno y otras no. El tren para en la estación Caballito; entreabro los ojos. Pienso que debí haberme quedado en casa, que este viaje y estas consecuencias no eran para mí. Que soy chivo expiatorio de los errores de otros. No bajo, pero ya no abro los ojos en todo el viaje. Interminable silencio envuelve las oleadas de angustia que, una tras otra, van siendo digeridas a medias. El sol sale, siento su resplandor en la cara, pero el entorno se siente frío y vacío.
El monótono viaje a Merlo termina con un codazo para despertarme y un gesto señalando la puerta. Bajo con el mismo silencio. Cero onda, cero ganas de impostar alegría. Pienso que por lo menos hay buena comida y empiezo a cambiar de actitud mientras camino. La vereda, llena de hojas pegadas con barro, parece alfombrada. A lo lejos Juan, el cumpleañero, saludando bastón en mano. Más adentro Delia , su mujer, asomándose con una sonrisa de oreja a oreja.
Entramos. La calidez de hogar me sigue aliviando. Dejo el escabeche de la discordia en la cocina, me lavo las manos y ocupo un lugar en la mesa. Tranquilidad. Sigue retumbando en mi cabeza el ridículo episodio de hace un rato. La abundancia en la mesa esconde las miserias internas de los que estamos sentados. Se charla, se ríe, se come.
Las lluvias de los días anteriores, las mismas que alfombraron la vereda, también se hicieron sentir en el techo. Me ofrezco a ayudar a Juan con la limpieza. Juan me dice que no, que no me preocupe. Al verlo con el bastón, insisto. Subimos, bolsa de consorcio en mano. Después se suman los demás. Emprendo la tarea con muchas ganas, con la manifiesta necesidad de catarsis física. No dejamos ni una hoja; Juan está contento. Bajamos a merendar…¿cómo voy a decir que no a la buena comida?
Me siento a la mesa nuevamente y empiezo a jugar con el anular, buscando el anillo de compromiso. No está. Pienso que lo dejé en algún bolsillo del pantalón. Tampoco está. Ataco una factura. Igual de malo es el resultado buscando en el camperón. Ato cabos sueltos mientras viene otro mate. ¿Se perdió entre las hojas de la bolsa? No estoy seguro: pienso ‘’mirá si le hago vaciar la bolsa a Juan, alarmé a todas las cámaras de Crónica que llegaron hasta Merlo y encima… no está el anillo’’. Es increíble esto de obligarme a pensar el peor escenario en lugar de vivir la relación.
Vuelvo de Merlo en tren. Los ánimos ahora están calmos. La falta de sueño sigue presente. El paradero del anillo es desconocido a la fecha y la Comunidad Crónica no tiene la primicia de su extravío. Y, a menos que se den cuenta, seguirá siendo un secreto escondido a la vista de todos. Otra vez silencio.
Silencio sepulcral. El frío, el sueño, la intolerancia en el aire y la noción de saber que una palabra equivocada desata un infierno desproporcionado, más allá de lo que merezco me adormecen. Mis ojos se cierran, o tal vez yo los cierro para no ver. No lo sé con exactitud. Escucho voces, algunas las discierno y otras no. El tren para en la estación Caballito; entreabro los ojos. Pienso que debí haberme quedado en casa, que este viaje y estas consecuencias no eran para mí. Que soy chivo expiatorio de los errores de otros. No bajo, pero ya no abro los ojos en todo el viaje. Interminable silencio envuelve las oleadas de angustia que, una tras otra, van siendo digeridas a medias. El sol sale, siento su resplandor en la cara, pero el entorno se siente frío y vacío.
El monótono viaje a Merlo termina con un codazo para despertarme y un gesto señalando la puerta. Bajo con el mismo silencio. Cero onda, cero ganas de impostar alegría. Pienso que por lo menos hay buena comida y empiezo a cambiar de actitud mientras camino. La vereda, llena de hojas pegadas con barro, parece alfombrada. A lo lejos Juan, el cumpleañero, saludando bastón en mano. Más adentro Delia , su mujer, asomándose con una sonrisa de oreja a oreja.
Entramos. La calidez de hogar me sigue aliviando. Dejo el escabeche de la discordia en la cocina, me lavo las manos y ocupo un lugar en la mesa. Tranquilidad. Sigue retumbando en mi cabeza el ridículo episodio de hace un rato. La abundancia en la mesa esconde las miserias internas de los que estamos sentados. Se charla, se ríe, se come.
Las lluvias de los días anteriores, las mismas que alfombraron la vereda, también se hicieron sentir en el techo. Me ofrezco a ayudar a Juan con la limpieza. Juan me dice que no, que no me preocupe. Al verlo con el bastón, insisto. Subimos, bolsa de consorcio en mano. Después se suman los demás. Emprendo la tarea con muchas ganas, con la manifiesta necesidad de catarsis física. No dejamos ni una hoja; Juan está contento. Bajamos a merendar…¿cómo voy a decir que no a la buena comida?
Me siento a la mesa nuevamente y empiezo a jugar con el anular, buscando el anillo de compromiso. No está. Pienso que lo dejé en algún bolsillo del pantalón. Tampoco está. Ataco una factura. Igual de malo es el resultado buscando en el camperón. Ato cabos sueltos mientras viene otro mate. ¿Se perdió entre las hojas de la bolsa? No estoy seguro: pienso ‘’mirá si le hago vaciar la bolsa a Juan, alarmé a todas las cámaras de Crónica que llegaron hasta Merlo y encima… no está el anillo’’. Es increíble esto de obligarme a pensar el peor escenario en lugar de vivir la relación.
Vuelvo de Merlo en tren. Los ánimos ahora están calmos. La falta de sueño sigue presente. El paradero del anillo es desconocido a la fecha y la Comunidad Crónica no tiene la primicia de su extravío. Y, a menos que se den cuenta, seguirá siendo un secreto escondido a la vista de todos. Otra vez silencio.
Darius
De Roma sólo el anagrama
De Roma sólo el anagrama
No te puedo creer que perdiste el anillo!
ResponderEliminarMal ahi! te van a decapitar si se enteran, sabelo negro