martes, 8 de junio de 2010

25 de Julio de 2009 - Amor de chocolate

Arreglo los últimos detalles. Ya fui a buscar los anillos hace un rato. No tengo más margen para la sorpresa. Quise llevarla a una cena romántica, pero se me cortó el mambo con preguntas del otro lado ‘’¿y por qué cenar?’’ ‘’¿pasó algo?’’ ‘’¿por qué (justo esta vez) no vamos al cine o hacemos otra cosa?’’. Entonces hubo que improvisar, una de esas cualidades que se necesitan para sostener el amor.

El reloj marca las 13.30 y llego a casa. Llamo a la bombonería, todo está en su lugar.: ahora a vestirme. Mando mensaje misterioso al celular ‘’hoy nos podemos ver 16.30?’’. La idea original era caer a las 19.00 para el cumpleaños de mi suegro. A ella no le gusta que altere los planes de golpe, responde ‘’¿por qué tan temprano?’’. Contraataco con un verso ‘’me junté a estudiar por allá y salgo antes’’. No espero que me crea, más con lo desconfiada que es. Tomo el traje impecable del placard. Los mensajes de respuesta se siguen sucediendo ‘’daaaale contame’’ ‘’cuánto misterio…’’. No doy bolilla, sigo cambiándome.

Vuelvo a la calle. Hace frío y se sienten los nervios. Repaso inventario para no pensar: están los anillos, el traje impecable, los pañuelos, la billetera. Camino sin mirar las 8 cuadras hasta la parada de colectivo. Estoy en blanco, parece mesa de examen final. Llego a la bombonería. La dueña me muestra lo que voy a comprar, acomodamos la cajita de anillos adentro. Contesto ‘’en 15 estoy, esperame abajo’’ para no dar explicaciones

Otra vez gano la calle y la decisión me pone los nervios a punto de estallar. Acelero el paso para estar a las 4 en punto. Pienso ‘’¿yo puntual y de traje?’’ ‘’ya sé que me va a decir que sí, pero…y si cambia de idea’’. Bajo el ritmo en la última cuadra para no transpirar. Respiro hondo y doblo la ochava, la veo en la puerta. Escondo la caja a mis espaldas y la saludo con la mano. Bajó así nomás, sin producción, como me encanta.

Se hace la que no entiende. Con su sonrisa de oreja a oreja y sus pupilas como dos pelotas de ping pong. Mira el traje, me ve bien vestido. Rebota los ojos en los zapatos, trata de adivinar qué tengo escondido. Rompo el hielo, le pregunto cómo está. Cambia de tema, quiere ver la caja. Le digo ‘’me imagino que sabés por qué vine así’’, me responde ‘’yyyy no sé…capaz te vestiste bien para mí’’ Se ríe, no puede disimular que también está nerviosa. Le doy la caja y ve un corazón de chocolate. Me tira un abrazo, pero no se da cuenta. Le digo ‘’abrilo el corazón’’. Abre al medio el chocolate y yo saco la caja con los anillos, escondida entre otros corazoncitos de chocolate. Me arrodillo, al mejor estilo película, y le digo: ‘’¿te querés casar conmigo?’’ Qué largos son los segundos hasta la respuesta…eterno, interminable momento que le gusta estirar a la bruja…para decirme ‘’¿y qué tenía que contestarte?’’ y reírse a carcajadas antes de darme el sí.

Pasó un buen rato. Volví a casa para cambiarme y vestirme sencillo. El corazón de chocolate y sus anillos se quedaron descansando en el cuarto de mi novia. Toco timbre y subo con ella, toda acaramelada esta vez. El plan maestro se pone en marcha: nadie sospecha lo que los tórtolos tienen entre manos.

Cena tempranera. Todo el Tribunal de Justicia Suegral está reunido, pero hoy no hay sesión. Un par de tíos compinches colados se suman a la mesa. Empiezan degustando mis empanaditas de copetín. La charla va por los carriles normales: política, religión (¿por qué ‘’el nene’’ no es creyente como la nena?), fútbol, clima porteño, casamiento. Sí…casamiento, la eterna insistencia en cada encuentro durante los últimos dos años (sin contar ‘’el nene’’ está gordo). Mi novia se recibió y hubo que buscar otro enemigo a quien atacar: la soltería de ‘’la nena’’. Con la bruja nos lanzamos miradas furtivas, pensamos ‘’no saben lo que les espera esta noche’’.

Los argumentos iban desfilando: pasó primero el picapiedra de mi suegro con ‘’si se casan, ella te puede ayudar en la casa’’, como si ella no fuera profesional; siguió el lastimoso quejido de mi suegra ‘’yo sé que tus padres, si estuvieran vivos, querrían que te casaras’’. Hago una pausa. Considero cavernícola que la mujer, cualquiera sea, se subordine a la fuerza del garrote del casorio, es prehistórico. Además, si mis viejos estuvieran vivos, como le dije varias veces ‘’los hubieran puesto en su lugar de tal forma que ya no podrían decir ni mu’’. No me importaba esta noche, esa amargura era tapar con un dedo el solazo que representaba este momento, palpable en nuestras imborrables sonrisas.

La charla continuó con estimaciones de cuanto podía durar lo que faltaba de mi carrera y varias interrupciones de los colados, que metían paños fríos y evitaban la monotonía de la conversación. Estábamos en otra sintonía con la bruja, esperando que fuera medianoche, que viniera la torta, que se develara el misterio.

Suena el péndulo. La campanada número 12 desata el canto de feliz cumpleaños para mi suegro. Todas las luces apagadas, mientras los incautos miran las velas encendidas y mi novia corre a la pieza a buscar los anillos. Nos agarramos de la mano mientras termina la canción, ella me pasa un anillo y a los pocos segundos ya los tenemos puestos. Aplausos por el cumple y brindamos con las luces encendidas, anillos en mano. Nadie se da cuenta…excepto una tía colada, la más compinche de todas. Volvemos a brindar y empiezan a caer todos.

Durante poco más de un minuto nos sentimos Tevez en cancha de River, o Caniggia en el ’90 frente a Brasil. La sensación de golazo inesperado, de silencio impensado es una clara señal de victoria. Esa mudez que uno quisiera escuchar más seguido, sin necesidad de anillos y rituales, ese callarse en señal de respeto en lugar de atropellar al otro con verborragia. Lástima que duró solamente un instante…pero qué instante. Después, la catarata de preguntas, la conferencia de prensa que se extendería por varios días en el diario Crónica, meros detalles que apenas alcanzan a ser moño de este día, repleto de amor de chocolate.


Darius

De Roma sólo el anagrama

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